El valor del objeto y el valor del consumo

La digitalización es un proceso que ante todo pondrá a prueba muchos de los fundamentos de nuestra querida industria cultural. El producto cultural, entendido como una experiencia empaquetada y dispuesta para el consumo, viene de muchos años atrás. Probablemente desde la invención de la imprenta, modelo clásico en el que se estandariza (porque ya existía antes el uso, pero no el abuso) la lectura como parte de un producto. Dicho producto diferencia claramente dos valores que actualmente cobran un protagonismo radical: el valor del objeto y el valor del consumo.

El valor del consumo nos marca el disfrute que el consumo de dicha obra nos va a producir. En una película hablaríamos de sus visionados, en un disco de sus escuchas, en un videojuego de las veces que jugamos y en un libro cada palabra que leemos. Evidentemente los valores de consumo de los distintos productos culturales son diametralmente opuestos, sin que ello afecte a su valoración de mercado. Siendo simplistas, podríamos reducir la cuestión a una mera comparación de horas de consumo. En el caso de los discos dichas horas pueden llegar a duplicar o triplicar a las de las películas, sin que ello implique un precio mayor. Por ese motivo, el canal natural del DVD o el Blu-Ray bien tendría que ser el alquiler, pero vemos que el negocio se desvía hacia la adquisición. Es decir, ¿por qué necesitamos tener una película cuyo consumo puede hacerle perder completamente su valor?

Puede que esa explicación la encontremos en la segunda parte, y no menos importante: el valor del objeto, es decir, el disfrute que la posesión de dicho objeto nos va a otorgar. Esto implica que la adquisición de dicho objeto no pasa necesariamente por disponer de un valor de consumo más elevado que el de posesión. Esto nos explica que la posesión de un artículo cultural no vendría tan medido por su valor de consumo, sino por el propio valor del objeto. En este sentido entendemos que el DVD ha sabido generar un valor de objeto considerable. Es decir, el objeto tiene un valor muchas veces superior al de la propia película, la cual muchas veces se queda olvidada en nuestras estanterías. Admitámoslo, el consumo en el cine es realmente circunstancial (excepto en el cine infantil o el pornográfico). Las películas son artículos de usar y tirar (al menos para la mayor parte de la humanidad) que encima requieren únicamente 90 minutos para ser consumidos. No estaríamos hablando del mismo valor que una serie, tan de moda actualmente precisamente por esa correcta relación entre valor de consumo y de objeto. Y tampoco estaríamos hablando de la literatura, donde el tiempo de consumo es muy superior. Estaríamos hablando de un desequilibrio grave que se ha producido entre los dos valores. Estaríamos hablando del crack del DVD.

¿Y qué es lo que pasa en los productos digitales? ¿Qué pasa con esa relación cuando lo que tenemos es un producto intangible, reducido a una serie de ceros y unos? La solución es sencilla: recuperar ese equilibrio y poner a las películas en el lugar que le corresponden. Es decir, devolverlas al terreno del consumo. Recuperar dicha relación no implica no dar valor al “objeto” digital. Eso ya lo comenté en el apartado de las carátulas. De lo que se está hablando es de deshacerse del DVD como producto de consumo que puebla nuestras estanterías y que pase a ser un producto consumible que llene nuestras tardes de ocio. Porque hace tiempo que el cine en casa dejó de ser primordialmente un deporte de videoclub para pasar a ser un deporte FNAC.

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